lunes, 11 de marzo de 2013
Tender puentes
En ocasiones imagino que paseo sobre un puente. Soy yo y camino sobre un puente, pero ese puente no ha sido construido. Lo voy elaborando a medida que camino. De pronto, sin embargo, construyo algo y se desmorona. Tengo que retroceder, asomarme, observar los trozos que caen al vacío y permanecer ahí, abrazada a mis rodillas, y experimentar el miedo. Luego pienso que todo depende de mi voluntad de crear, que ese puente soy yo o que yo soy el resultado de miles de puentes tendidos en mi memoria a lo largo del tiempo.
miércoles, 20 de febrero de 2013
Valeria Luiselli, Los ingrávidos, Sexto Piso, México, 2011.
“Cada uno de nosotros es varios, es muchos, es una prolijidad de sí mismos”, reza uno de los fragmentos más abrumadores del Libro del desasosiego.
Fernando Pessoa padecía –no es novedad afirmarlo– los síntomas de su
propia evaporación: sentirse otro, saberse otros, ser fantasmas de uno
mismo. Los ingrávidos de Valeria Luiselli (Ciudad de México,
1983), es precisamente eso: una novela de fantasmas. Los protagonistas,
una editora que narra sus años de juventud en Nueva York y un Gilberto
Owen que habita en el Harlem de los años veinte, asisten con perplejidad
al espectáculo de una vida que no se sabe con certeza a quién
pertenece.
Si Papeles falsos,
primer libro de la autora, recibió en su momento el reconocimiento por
parte de la crítica, no me parecería un error señalar que Los ingrávidos es
una feliz continuación del proyecto literario que empieza a distinguir
su obra. La prosa de Luiselli es precisa, inesperada, cautelosa: es,
como ella misma diría, una escritura de corto aliento. Además, a
diferencia del fallido experimentalismo de algunos jóvenes narradores
mexicanos, Luiselli nos ofrece una novela sobria y calibrada. No hay en
su obra exageraciones formales ni tramas retorcidas, sólo ambientes
vívidos, librescos, vinculados plenamente con la experiencia humana.
Los ingrávidos es
una novela sobre dos personajes que se van desdibujando hasta
convertirse en espectros de sí mismos, en tiempos y espacios diferentes.
La narradora escribe desde su vida presente. No puede respirar: tiene
un niño mediano, una bebé y un marido entrometido. Su válvula de escape
es la escritura. En las noches de insomnio, escribe párrafos larguísimos
sobre otra vida, una vida que es y no es la suya, mientras el fantasma
de Gilberto Owen empieza a ocupar los espacios que ella deja vacíos. O
tal vez –no sabríamos decirlo con certeza– escribe párrafos breves sobre
el tiempo en que vivía en Nueva York y se afanaba en publicar unas
traducciones apócrifas de poemas de Owen hechas por Louis Zukofsky. El
narrador, por otro lado, es un Owen ficticio que carga con una vida
rota. Ciego, abandonado por su mujer, ocupa sus días en lamentar su
envejecimiento, su gordura y su soledad; acaso su mayor diversión la
constituye su relación con Lorca (con el que pudo haber coincidido en la
vida real, si bien no existen documentos que lo atestigüen), las cartas
de amor que escribe a Clementina Otero y las risibles traducciones del
grupo de los Ojetivicios. Escribe también sobre otra vida, la de una
mujer de rostro moreno y ojeras hondas que tiene un marido entrometido,
un niño mediano y una bebé con los que habita en una casa que se cae.
“Hay dos tipos de
personas: las que viven y las que diseñan su vida”, señala la narradora.
Los protagonistas se contraponen y se complementan: la narradora vive
su vida, pero ésta no le basta; Owen la diseña (“tenía la secreta
esperanza, o mejor, la secreta certeza, de que un día me terminaría de
convertir en mí mismo, en la imagen que durante años me había elaborado
de mí”), consciente de que jamás llegará a ser quien desea. El resultado
es, a fin de cuentas, el mismo. Ambos miran hacia el pasado, incapaces
de habitar el presente; eligen la ingravidez porque solo al desprenderse
de su peso lograrán asimilar que la realidad les resulta insuficiente,
que es necesario recrearla, enriquecerla, por medio de la escritura. El
subterráneo permite el encuentro; gracias a él contemplan sus
respectivas apariciones. En un intervalo de tiempo, tan breve y
estremecedor como los versos de Pound que la protagonista rememora (“the
apparition of these faces in the crowd; / petals on a wet, black
bough”), se encuentran con sus fantasmas futuros. Extraviados en el
subterráneo, se observan mientras los trenes corren en direcciones
opuestas; los unen objetos y espacios remotos. Saben, de alguna forma,
que el otro existe o ha existido antes.
Todo en Los ingrávidos
es mentira. Creemos que la vida de un personaje se va borrando a medida
que el otro la escribe, pero conforme avanzamos en la lectura podemos
constatar que, en realidad, cada uno conserva sólo algunos ecos de sus
vidas pasadas: “mis recuerdos de esa vida no podrían tener mayor
contenido. Son andamiajes, estructuras, casas vacías”, escribe, no sin
cierta nostalgia, la narradora. La teoría de las muchas muertes que Owen
desarrolla con Homer parece ser la clave para comprender esta novela:
“la gente se muere, deja irresponsablemente un fantasma de sí mismo por
ahí, y luego siguen viviendo, original y fantasma, cada uno por su
cuenta. […] ¿Y cómo se puede saber quién es fantasma de quién?”. Y es
que, a fin de cuentas, todos –personajes y lectores– somos fantasmas, de
otros y de nosotros mismos.
Gabriel Zaid, Leer, Océano, México, 2012.
Por: Liliana Muñoz
Cuando era joven, Gabriel Zaid
(Monterrey, 1934) concibió la ambición de leer todos los libros. En más
de un sentido, la empresa parecía imposible; sin embargo, sumergido en
el silencio de la lectura, Zaid desafiaba los límites de la realidad y
se embarcaba en viajes remotos, ajeno por completo al famoso desencanto
mallarmeano. Tiempo después encontró una solución conciliadora:
trascender la página escrita y empezar a leer la vida. Leer, la más reciente antología de los ensayos de Gabriel Zaid sobre la lectura es, justamente, un homenaje a esta ambición.
sábado, 16 de febrero de 2013
"Anyway, I keep picturing all these little kids playing some game in this big field of rye and all. Thousands of little kids, and nobody's around - nobody big, I mean - except me. And I'm standing on the edge of some crazy cliff. What I have to do, I have to catch everybody if they start to go over the cliff - I mean if they're running and they don't look where they're going I have to come out from somewhere and catch them. That's all I do all day. I'd just be the catcher in the rye and all. I know it's crazy, but that's the only thing I'd really like to be"
The Catcher in the Rye
The Catcher in the Rye
sábado, 9 de febrero de 2013
viernes, 8 de febrero de 2013
Cormac McCarthy, El Sunset Limited, Mondadori, México, 2012.
Leo por primera vez a Cormac McCarthy. No tengo que poner de relieve el desencanto y el pesimismo que caracteriza a su generación (Roth, Updike, Auster, etc.) y que podemos encontrar, una y otra vez, en los temas que tratan: la existencia aplastante, la vejez, Dios, el abandono, la opresión y la libertad, la búsqueda de la felicidad. "L'ennui", en fin, en todas su formas. Sin embargo, hay algo en El Sunset Limited que me deja pasmada y es, precisamente, ese intersticio existente entre el dolor y la esperanza.
El Sunset Limited es una obra en un acto en que intervienen dos personajes: Blanco y Negro. El primero es un profesor universitario que se enfrenta al abismo y que ha intentado lanzarse al tren de cuyo nombre toma su título esta obra; el segundo es un ex-criminal que ha cometido toda serie de atrocidades y que, pese a ello, enarbola una fe testaruda. En la obra, sin embargo, oscilamos de un polo al otro polo, sin saber a cuál de los dos personajes debemos concederle la razón. De la depresión más profunda a una felicidad ecuánime pero suficiente. Negro ha impedido que Blanco se suicide; Blanco quiere volver al andén para mtarse, pero Negro no se lo permite. Le solicita que lo escuche, intenta hermanarse con él. Blanco, por otra parte, decide permanecer en la habitación, parece ceder por momentos, pero finalmente sale. Antes de salir, Blanco pronuncia unas palabras, que finalmente hacen callar a Negro:
"BLANCO (secamente): Yo no creo en Dios. ¿Tan difícil es de entender? Mire a su alrededor, hombre. ¿Es que no lo ve? El griterío de los que sufren lo indecible debe ser para él el más agradable de los sonidos. Y detesto estas discusiones. Lo del ateo de la aldea cuya sola pasión es vilipendiar sin descanso aquello cuya existencia niega de entrada. Ese compañerismo, esa hermnandad que usted defiende es una hermandad de dolor y punto. Y si ese dolor fuese colectivo de verdad y no meramente reiterativo, su propio peso arrancaría el mundo de los muros del universo y lo lanzaría en llamas a través de la noche que aún pueda ser capaz de engendrar hasta que no quedase de él ni ceniza siquiera. ¿La justicia? ¿La fraternidad? ¿La vida eterna? No me fastidie, hombre. Dígame una religión que prepare al hombre para la muerte. Para la nada. A esa secta quizá sí me apuntaría. Su religión lo cifra todo en más vida. Más sueños, ilusiones, mentiras. Si fuera posible proscribir el miedo a la muerte de los corazones humanos, la gente no viviría ni veinticuatro horas. ¿Quién iba a querer esta pesadilla a no ser por miedo al día siguiente? Sobre cada alegría humana pende la sombra del hacha. Todo camino acaba en la muerte. Peor aún. Toda amistad. Todo amor. Tormento, traición, pérdida, sufrimiento, dolor, vejez, humillación, enfermedad horrenda y prolongada. Y todo ello con un solo final. Para usted como para todas las personas y todas las cosas que ha elegido querer. Ahí está la auténtica fraternidad. Miembros vitalicios, del primero al último. Dice que mi hermano es mi salvación. ¿Mi salvación? Pues que le den. Que le den por todos lados y de todas las maneras. ¿Me veo reflejado en él? Sí. Es verdad. Y lo que veo me repugna. ¿Entiendo lo que quiero decir? ¿Puede usted entenderlo?"
Y Negro lo deja ir. Clama a Dios.
"NEGRO: El profesor no hablaba en serio. Tú sabes que no. Tú sabes que no. No entiendo para qué me enviaste al andén. Es que no lo entiendo. Si querías que le ayudara, ¿cómo es que no me diste las palabras? A él se las diste. Y yo, ¿qué?"
Pero esta vez Dios no contesta. Sólo hay silencio.
El Sunset Limited es una obra en un acto en que intervienen dos personajes: Blanco y Negro. El primero es un profesor universitario que se enfrenta al abismo y que ha intentado lanzarse al tren de cuyo nombre toma su título esta obra; el segundo es un ex-criminal que ha cometido toda serie de atrocidades y que, pese a ello, enarbola una fe testaruda. En la obra, sin embargo, oscilamos de un polo al otro polo, sin saber a cuál de los dos personajes debemos concederle la razón. De la depresión más profunda a una felicidad ecuánime pero suficiente. Negro ha impedido que Blanco se suicide; Blanco quiere volver al andén para mtarse, pero Negro no se lo permite. Le solicita que lo escuche, intenta hermanarse con él. Blanco, por otra parte, decide permanecer en la habitación, parece ceder por momentos, pero finalmente sale. Antes de salir, Blanco pronuncia unas palabras, que finalmente hacen callar a Negro:
"BLANCO (secamente): Yo no creo en Dios. ¿Tan difícil es de entender? Mire a su alrededor, hombre. ¿Es que no lo ve? El griterío de los que sufren lo indecible debe ser para él el más agradable de los sonidos. Y detesto estas discusiones. Lo del ateo de la aldea cuya sola pasión es vilipendiar sin descanso aquello cuya existencia niega de entrada. Ese compañerismo, esa hermnandad que usted defiende es una hermandad de dolor y punto. Y si ese dolor fuese colectivo de verdad y no meramente reiterativo, su propio peso arrancaría el mundo de los muros del universo y lo lanzaría en llamas a través de la noche que aún pueda ser capaz de engendrar hasta que no quedase de él ni ceniza siquiera. ¿La justicia? ¿La fraternidad? ¿La vida eterna? No me fastidie, hombre. Dígame una religión que prepare al hombre para la muerte. Para la nada. A esa secta quizá sí me apuntaría. Su religión lo cifra todo en más vida. Más sueños, ilusiones, mentiras. Si fuera posible proscribir el miedo a la muerte de los corazones humanos, la gente no viviría ni veinticuatro horas. ¿Quién iba a querer esta pesadilla a no ser por miedo al día siguiente? Sobre cada alegría humana pende la sombra del hacha. Todo camino acaba en la muerte. Peor aún. Toda amistad. Todo amor. Tormento, traición, pérdida, sufrimiento, dolor, vejez, humillación, enfermedad horrenda y prolongada. Y todo ello con un solo final. Para usted como para todas las personas y todas las cosas que ha elegido querer. Ahí está la auténtica fraternidad. Miembros vitalicios, del primero al último. Dice que mi hermano es mi salvación. ¿Mi salvación? Pues que le den. Que le den por todos lados y de todas las maneras. ¿Me veo reflejado en él? Sí. Es verdad. Y lo que veo me repugna. ¿Entiendo lo que quiero decir? ¿Puede usted entenderlo?"
Y Negro lo deja ir. Clama a Dios.
"NEGRO: El profesor no hablaba en serio. Tú sabes que no. Tú sabes que no. No entiendo para qué me enviaste al andén. Es que no lo entiendo. Si querías que le ayudara, ¿cómo es que no me diste las palabras? A él se las diste. Y yo, ¿qué?"
Pero esta vez Dios no contesta. Sólo hay silencio.
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