viernes, 8 de febrero de 2013

Cormac McCarthy, El Sunset Limited, Mondadori, México, 2012.

Leo por primera vez a Cormac McCarthy. No tengo que poner de relieve el desencanto y el pesimismo que caracteriza a su generación (Roth, Updike, Auster, etc.) y que podemos encontrar, una y otra vez, en los temas que tratan: la existencia aplastante, la vejez, Dios, el abandono, la opresión y la libertad, la búsqueda de la felicidad. "L'ennui", en fin, en todas su formas. Sin embargo, hay algo en El Sunset Limited que me deja pasmada y es, precisamente, ese intersticio existente entre el dolor y la esperanza.

El Sunset Limited es una obra en un acto en que intervienen dos personajes: Blanco y Negro. El primero es un profesor universitario que se enfrenta al abismo y que ha intentado lanzarse al tren de cuyo nombre toma su título esta obra; el segundo es un ex-criminal que ha cometido toda serie de atrocidades y que, pese a ello, enarbola una fe testaruda. En la obra, sin embargo, oscilamos de un polo al otro polo, sin saber a cuál de los dos personajes debemos concederle la razón. De la depresión más profunda a una felicidad ecuánime pero suficiente. Negro ha impedido que Blanco se suicide; Blanco quiere volver al andén para mtarse, pero Negro no se lo permite. Le solicita que lo escuche, intenta hermanarse con él. Blanco, por otra parte, decide permanecer en la habitación, parece ceder por momentos, pero finalmente sale. Antes de salir, Blanco pronuncia unas palabras, que finalmente hacen callar a Negro:

"BLANCO (secamente): Yo no creo en Dios. ¿Tan difícil es de entender? Mire a su alrededor, hombre. ¿Es que no lo ve? El griterío de los que sufren lo indecible debe ser para él el más agradable de los sonidos. Y detesto estas discusiones. Lo del ateo de la aldea cuya sola pasión es vilipendiar sin descanso aquello cuya existencia niega de entrada. Ese compañerismo, esa hermnandad que usted defiende es una hermandad de dolor y punto. Y si ese dolor fuese colectivo de verdad y no meramente reiterativo, su propio peso arrancaría el mundo de los muros del universo y lo lanzaría en llamas a través de la noche que aún pueda ser capaz de engendrar hasta que no quedase de él ni ceniza siquiera. ¿La justicia? ¿La fraternidad? ¿La vida eterna? No me fastidie, hombre. Dígame una religión que prepare al hombre para la muerte. Para la nada. A esa secta quizá sí me apuntaría. Su religión lo cifra todo en más vida. Más sueños, ilusiones, mentiras. Si fuera posible proscribir el miedo a la muerte de los corazones humanos, la gente no viviría ni veinticuatro horas. ¿Quién iba a querer esta pesadilla a no ser por miedo al día siguiente? Sobre cada alegría humana pende la sombra del hacha. Todo camino acaba en la muerte. Peor aún. Toda amistad. Todo amor. Tormento, traición, pérdida, sufrimiento, dolor, vejez, humillación, enfermedad horrenda y prolongada. Y todo ello con un solo final. Para usted como para todas las personas y todas las cosas que ha elegido querer. Ahí está la auténtica fraternidad. Miembros vitalicios, del primero al último. Dice que mi hermano es mi salvación. ¿Mi salvación? Pues que le den. Que le den por todos lados y de todas las maneras. ¿Me veo reflejado en él? Sí. Es verdad. Y lo que veo me repugna. ¿Entiendo lo que quiero decir? ¿Puede usted entenderlo?"

Y Negro lo deja ir. Clama a Dios.

"NEGRO: El profesor no hablaba en serio. Tú sabes que no. Tú sabes que no. No entiendo para qué me enviaste al andén. Es que no lo entiendo. Si querías que le ayudara, ¿cómo es que no me diste las palabras? A él se las diste. Y yo, ¿qué?"



Pero esta vez Dios no contesta. Sólo hay silencio.


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