“Cada uno de nosotros es varios, es muchos, es una prolijidad de sí mismos”, reza uno de los fragmentos más abrumadores del Libro del desasosiego.
Fernando Pessoa padecía –no es novedad afirmarlo– los síntomas de su
propia evaporación: sentirse otro, saberse otros, ser fantasmas de uno
mismo. Los ingrávidos de Valeria Luiselli (Ciudad de México,
1983), es precisamente eso: una novela de fantasmas. Los protagonistas,
una editora que narra sus años de juventud en Nueva York y un Gilberto
Owen que habita en el Harlem de los años veinte, asisten con perplejidad
al espectáculo de una vida que no se sabe con certeza a quién
pertenece.
Si Papeles falsos,
primer libro de la autora, recibió en su momento el reconocimiento por
parte de la crítica, no me parecería un error señalar que Los ingrávidos es
una feliz continuación del proyecto literario que empieza a distinguir
su obra. La prosa de Luiselli es precisa, inesperada, cautelosa: es,
como ella misma diría, una escritura de corto aliento. Además, a
diferencia del fallido experimentalismo de algunos jóvenes narradores
mexicanos, Luiselli nos ofrece una novela sobria y calibrada. No hay en
su obra exageraciones formales ni tramas retorcidas, sólo ambientes
vívidos, librescos, vinculados plenamente con la experiencia humana.
Los ingrávidos es
una novela sobre dos personajes que se van desdibujando hasta
convertirse en espectros de sí mismos, en tiempos y espacios diferentes.
La narradora escribe desde su vida presente. No puede respirar: tiene
un niño mediano, una bebé y un marido entrometido. Su válvula de escape
es la escritura. En las noches de insomnio, escribe párrafos larguísimos
sobre otra vida, una vida que es y no es la suya, mientras el fantasma
de Gilberto Owen empieza a ocupar los espacios que ella deja vacíos. O
tal vez –no sabríamos decirlo con certeza– escribe párrafos breves sobre
el tiempo en que vivía en Nueva York y se afanaba en publicar unas
traducciones apócrifas de poemas de Owen hechas por Louis Zukofsky. El
narrador, por otro lado, es un Owen ficticio que carga con una vida
rota. Ciego, abandonado por su mujer, ocupa sus días en lamentar su
envejecimiento, su gordura y su soledad; acaso su mayor diversión la
constituye su relación con Lorca (con el que pudo haber coincidido en la
vida real, si bien no existen documentos que lo atestigüen), las cartas
de amor que escribe a Clementina Otero y las risibles traducciones del
grupo de los Ojetivicios. Escribe también sobre otra vida, la de una
mujer de rostro moreno y ojeras hondas que tiene un marido entrometido,
un niño mediano y una bebé con los que habita en una casa que se cae.
“Hay dos tipos de
personas: las que viven y las que diseñan su vida”, señala la narradora.
Los protagonistas se contraponen y se complementan: la narradora vive
su vida, pero ésta no le basta; Owen la diseña (“tenía la secreta
esperanza, o mejor, la secreta certeza, de que un día me terminaría de
convertir en mí mismo, en la imagen que durante años me había elaborado
de mí”), consciente de que jamás llegará a ser quien desea. El resultado
es, a fin de cuentas, el mismo. Ambos miran hacia el pasado, incapaces
de habitar el presente; eligen la ingravidez porque solo al desprenderse
de su peso lograrán asimilar que la realidad les resulta insuficiente,
que es necesario recrearla, enriquecerla, por medio de la escritura. El
subterráneo permite el encuentro; gracias a él contemplan sus
respectivas apariciones. En un intervalo de tiempo, tan breve y
estremecedor como los versos de Pound que la protagonista rememora (“the
apparition of these faces in the crowd; / petals on a wet, black
bough”), se encuentran con sus fantasmas futuros. Extraviados en el
subterráneo, se observan mientras los trenes corren en direcciones
opuestas; los unen objetos y espacios remotos. Saben, de alguna forma,
que el otro existe o ha existido antes.
Todo en Los ingrávidos
es mentira. Creemos que la vida de un personaje se va borrando a medida
que el otro la escribe, pero conforme avanzamos en la lectura podemos
constatar que, en realidad, cada uno conserva sólo algunos ecos de sus
vidas pasadas: “mis recuerdos de esa vida no podrían tener mayor
contenido. Son andamiajes, estructuras, casas vacías”, escribe, no sin
cierta nostalgia, la narradora. La teoría de las muchas muertes que Owen
desarrolla con Homer parece ser la clave para comprender esta novela:
“la gente se muere, deja irresponsablemente un fantasma de sí mismo por
ahí, y luego siguen viviendo, original y fantasma, cada uno por su
cuenta. […] ¿Y cómo se puede saber quién es fantasma de quién?”. Y es
que, a fin de cuentas, todos –personajes y lectores– somos fantasmas, de
otros y de nosotros mismos.

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