jueves, 5 de enero de 2017

Sobre 2016...

2016 fue un año peculiar. Algunos de mis amigos se casaron, otros tuvieron hijos; otros cambiaron de trabajo, de pareja, de ciudad o de país. Yo, por mi parte, siento que no cambio. A veces creo que todo se mueve a una velocidad vertiginosa y que yo permanezco igual; a veces pienso que debería apresurarme, ir más deprisa, correr más rápido. Que debería ponerme a hacer las cosas que (según me dijeron) se hacían a esta edad. Pero luego miro atrás y me doy cuenta de que, gracias a mi lentitud, he tenido la oportunidad de hacer cosas muy interesantes y de conocer a gente muy especial: mis alumnos –que me escriben siempre para preguntarme qué demonios pasa en Pedro Páramo–; mis amigos –los de aquí y los de allá, que me acompañan en todo momento–; mi familia –la de Salamanca, que me ha hecho sentir como en casa, y la de México, que pese a la distancia no se ha olvidado de mí–. Y entonces pienso que, quizá, mi lentitud no sea otra cosa que una virtud. Que los años que vienen seguramente serán difíciles, pero que, si voy paso a paso, tal vez, con suerte, logre encontrar aquello que vine a buscar a Barcelona. En todo caso, aunque este año he vivido, como todos, aventuras y desventuras (y el 2017 no será radicalmente distinto), he llegado a la conclusión de que lo importante es mantener siempre una actitud valiente, alegre y optimista, plagada de sentido del humor. En esto –y creo que Montaigne, Stevenson, Cervantes estarían de acuerdo conmigo– consiste el arte de vivir.

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