I. Bestias peludas
Nos hicimos amigas y yo la visitaba todas las noches. Compartíamos impresiones: yo le contaba cómo eran mi habitación y mis juguetes, y ella me describía los problemas que ocasionaba en su mundo la sobrepoblación de cacahuates. Una noche, al bajar de mi cama, no la encontré. ¡Había desaparecido! Pregunté a los calcetines si la habían visto (a las muñequitas no porque no parecían tener ánimos) y me dijeron que no. Después de mucho investigar, los cacahuates me explicaron que mi amiga había sido succionada por un monstruo parecido a una peluca gigantesca. ¡No podía ser! Yo me consterné mucho y decidí llegar al fondo del asunto. Noche tras noche, por un largo periodo de tiempo, regresé al mundo de abajo para ver si lograba averiguar algo más sobre el secuestro. Pero nadie, nadie, sabía nada, y lo único que podía hacer era sentirme infinitamente triste. Había perdido a mi amiga para siempre.
Una noche bajé y encontré a otra pelusa. No era mi pelusa extraviada, por supuesto, pero después de un par de noches nos hicimos amigas. Yo estaba muy contenta porque había hecho una nueva amiga. Esta vez, nadie me la quitaría. Ni la monstruosa peluca gigante. Una noche, sin embargo, ella apareció: enorme y verdaderamente fea. Una peluca como ninguna otra, blanca y voraz. Mi amiga no tenía nada que temer porque yo la defendería a capa y espada. ¡Nos enfrentamos con furor! ¡Fue un duelo a muerte!…Hasta que me percaté de que la peluca no estaba sola: la acompañaba (o más bien se adhería a ella) una especie de palo que llegaba hasta el cielo. Lo seguí con la mirada y encontré a una figura conocida: mamá.
Ella me preguntó, enojadísima, qué diablos hacía escondida debajo de la cama y después se soltó a hablar, con una fluidez que yo consideré admirable, sobre la importancia de la limpieza en el hogar. La escuché en silencio, pero no podía comprender el porqué de tanto alboroto: para mí, todo estaba muy claro. Así que finalmente pregunté : “Bueno, mamá, ¿qué es más importante: la higiene o la amistad?”

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