miércoles, 20 de febrero de 2013

Valeria Luiselli, Los ingrávidos, Sexto Piso, México, 2011.


Por: Liliana Muñoz
“Cada uno de nosotros es varios, es muchos, es una prolijidad de sí mismos”, reza uno de los fragmentos más abrumadores del Libro del desasosiego. Fernando Pessoa padecía –no es novedad afirmarlo– los síntomas de su propia evaporación: sentirse otro, saberse otros, ser fantasmas de uno mismo. Los ingrávidos de Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983), es precisamente eso: una novela de fantasmas. Los protagonistas, una editora que narra sus años de juventud en Nueva York y un Gilberto Owen que habita en el Harlem de los años veinte, asisten con perplejidad al espectáculo de una vida que no se sabe con certeza a quién pertenece.
Si Papeles falsos, primer libro de la autora, recibió en su momento el reconocimiento por parte de la crítica, no me parecería un error señalar que Los ingrávidos es una feliz continuación del proyecto literario que empieza a distinguir su obra. La prosa de Luiselli es precisa, inesperada, cautelosa: es, como ella misma diría, una escritura de corto aliento. Además, a diferencia del fallido experimentalismo de algunos jóvenes narradores mexicanos, Luiselli nos ofrece una novela sobria y calibrada. No hay en su obra exageraciones formales ni tramas retorcidas, sólo ambientes vívidos, librescos, vinculados plenamente con la experiencia humana.
Los ingrávidos es una novela sobre dos personajes que se van desdibujando hasta convertirse en espectros de sí mismos, en tiempos y espacios diferentes. La narradora escribe desde su vida presente. No puede respirar: tiene un niño mediano, una bebé y un marido entrometido. Su válvula de escape es la escritura. En las noches de insomnio, escribe párrafos larguísimos sobre otra vida, una vida que es y no es la suya, mientras el fantasma de Gilberto Owen empieza a ocupar los espacios que ella deja vacíos. O tal vez –no sabríamos decirlo con certeza– escribe párrafos breves sobre el tiempo en que vivía en Nueva York y se afanaba en publicar unas traducciones apócrifas de poemas de Owen hechas por Louis Zukofsky. El narrador, por otro lado, es un Owen ficticio que carga con una vida rota. Ciego, abandonado por su mujer, ocupa sus días en lamentar su envejecimiento, su gordura y su soledad; acaso su mayor diversión la constituye su relación con Lorca (con el que pudo haber coincidido en la vida real, si bien no existen documentos que lo atestigüen), las cartas de amor que escribe a Clementina Otero y las risibles traducciones del grupo de los Ojetivicios. Escribe también sobre otra vida, la de una mujer de rostro moreno y ojeras hondas que tiene un marido entrometido, un niño mediano y una bebé con los que habita en una casa que se cae.
“Hay dos tipos de personas: las que viven y las que diseñan su vida”, señala la narradora. Los protagonistas se contraponen y se complementan: la narradora vive su vida, pero ésta no le basta; Owen la diseña (“tenía la secreta esperanza, o mejor, la secreta certeza, de que un día me terminaría de convertir en mí mismo, en la imagen que durante años me había elaborado de mí”), consciente de que jamás llegará a ser quien desea. El resultado es, a fin de cuentas, el mismo. Ambos miran hacia el pasado, incapaces de habitar el presente; eligen la ingravidez porque solo al desprenderse de su peso lograrán asimilar que la realidad les resulta insuficiente, que es necesario recrearla, enriquecerla, por medio de la escritura. El subterráneo permite el encuentro; gracias a él contemplan sus respectivas apariciones. En un intervalo de tiempo, tan breve y estremecedor como los versos de Pound que la protagonista rememora (“the apparition of these faces in the crowd; / petals on a wet, black bough”), se encuentran con sus fantasmas futuros. Extraviados en el subterráneo, se observan mientras los trenes corren en direcciones opuestas; los unen objetos y espacios remotos. Saben, de alguna forma, que el otro existe o ha existido antes.
Todo en Los ingrávidos es mentira. Creemos que la vida de un personaje se va borrando a medida que el otro la escribe, pero conforme avanzamos en la lectura podemos constatar que, en realidad, cada uno conserva sólo algunos ecos de sus vidas pasadas: “mis recuerdos de esa vida no podrían tener mayor contenido. Son andamiajes, estructuras, casas vacías”, escribe, no sin cierta nostalgia, la narradora. La teoría de las muchas muertes que Owen desarrolla con Homer parece ser la clave para comprender esta novela: “la gente se muere, deja irresponsablemente un fantasma de sí mismo por ahí, y luego siguen viviendo, original y fantasma, cada uno por su cuenta. […] ¿Y cómo se puede saber quién es fantasma de quién?”. Y es que, a fin de cuentas, todos –personajes y lectores– somos fantasmas, de otros y de nosotros mismos.

Gabriel Zaid, Leer, Océano, México, 2012.

Por: Liliana Muñoz

 
Cuando era joven, Gabriel Zaid (Monterrey, 1934) concibió la ambición de leer todos los libros. En más de un sentido, la empresa parecía imposible; sin embargo, sumergido en el silencio de la lectura, Zaid desafiaba los límites de la realidad y se embarcaba en viajes remotos, ajeno por completo al famoso desencanto mallarmeano. Tiempo después encontró una solución conciliadora: trascender la página escrita y empezar a leer la vida. Leer, la más reciente antología de los ensayos de Gabriel Zaid sobre la lectura es, justamente, un homenaje a esta ambición.

Reseña completa en: http://criticismo.com/

sábado, 16 de febrero de 2013

"Anyway, I keep picturing all these little kids playing some game in this big field of rye and all.  Thousands of little kids, and nobody's around - nobody big, I mean - except me.  And I'm standing on the edge of some crazy cliff.  What I have to do, I have to catch everybody if they start to go over the cliff - I mean if they're running and they don't look where they're going I have to come out from somewhere and catch them.  That's all I do all day.  I'd just be the catcher in the rye and all.  I know it's crazy, but that's the only thing I'd really like to be"

The Catcher in the Rye

sábado, 9 de febrero de 2013

People disappeared, reappeared, made plans to go somewhere, and then lost each other, searched for each other, found each other a few feet away.

The Great Gatsby

viernes, 8 de febrero de 2013

Cormac McCarthy, El Sunset Limited, Mondadori, México, 2012.

Leo por primera vez a Cormac McCarthy. No tengo que poner de relieve el desencanto y el pesimismo que caracteriza a su generación (Roth, Updike, Auster, etc.) y que podemos encontrar, una y otra vez, en los temas que tratan: la existencia aplastante, la vejez, Dios, el abandono, la opresión y la libertad, la búsqueda de la felicidad. "L'ennui", en fin, en todas su formas. Sin embargo, hay algo en El Sunset Limited que me deja pasmada y es, precisamente, ese intersticio existente entre el dolor y la esperanza.

El Sunset Limited es una obra en un acto en que intervienen dos personajes: Blanco y Negro. El primero es un profesor universitario que se enfrenta al abismo y que ha intentado lanzarse al tren de cuyo nombre toma su título esta obra; el segundo es un ex-criminal que ha cometido toda serie de atrocidades y que, pese a ello, enarbola una fe testaruda. En la obra, sin embargo, oscilamos de un polo al otro polo, sin saber a cuál de los dos personajes debemos concederle la razón. De la depresión más profunda a una felicidad ecuánime pero suficiente. Negro ha impedido que Blanco se suicide; Blanco quiere volver al andén para mtarse, pero Negro no se lo permite. Le solicita que lo escuche, intenta hermanarse con él. Blanco, por otra parte, decide permanecer en la habitación, parece ceder por momentos, pero finalmente sale. Antes de salir, Blanco pronuncia unas palabras, que finalmente hacen callar a Negro:

"BLANCO (secamente): Yo no creo en Dios. ¿Tan difícil es de entender? Mire a su alrededor, hombre. ¿Es que no lo ve? El griterío de los que sufren lo indecible debe ser para él el más agradable de los sonidos. Y detesto estas discusiones. Lo del ateo de la aldea cuya sola pasión es vilipendiar sin descanso aquello cuya existencia niega de entrada. Ese compañerismo, esa hermnandad que usted defiende es una hermandad de dolor y punto. Y si ese dolor fuese colectivo de verdad y no meramente reiterativo, su propio peso arrancaría el mundo de los muros del universo y lo lanzaría en llamas a través de la noche que aún pueda ser capaz de engendrar hasta que no quedase de él ni ceniza siquiera. ¿La justicia? ¿La fraternidad? ¿La vida eterna? No me fastidie, hombre. Dígame una religión que prepare al hombre para la muerte. Para la nada. A esa secta quizá sí me apuntaría. Su religión lo cifra todo en más vida. Más sueños, ilusiones, mentiras. Si fuera posible proscribir el miedo a la muerte de los corazones humanos, la gente no viviría ni veinticuatro horas. ¿Quién iba a querer esta pesadilla a no ser por miedo al día siguiente? Sobre cada alegría humana pende la sombra del hacha. Todo camino acaba en la muerte. Peor aún. Toda amistad. Todo amor. Tormento, traición, pérdida, sufrimiento, dolor, vejez, humillación, enfermedad horrenda y prolongada. Y todo ello con un solo final. Para usted como para todas las personas y todas las cosas que ha elegido querer. Ahí está la auténtica fraternidad. Miembros vitalicios, del primero al último. Dice que mi hermano es mi salvación. ¿Mi salvación? Pues que le den. Que le den por todos lados y de todas las maneras. ¿Me veo reflejado en él? Sí. Es verdad. Y lo que veo me repugna. ¿Entiendo lo que quiero decir? ¿Puede usted entenderlo?"

Y Negro lo deja ir. Clama a Dios.

"NEGRO: El profesor no hablaba en serio. Tú sabes que no. Tú sabes que no. No entiendo para qué me enviaste al andén. Es que no lo entiendo. Si querías que le ayudara, ¿cómo es que no me diste las palabras? A él se las diste. Y yo, ¿qué?"



Pero esta vez Dios no contesta. Sólo hay silencio.