sábado, 26 de abril de 2014
In the mood for love (Wong Kar Wai, 2000)
He remembers those vanished years. As though looking through a dusty window pane, the past is something he could see, but not touch. And everything he sees is blurred and indistinct.
miércoles, 23 de abril de 2014
George Steiner
"Nazism, communism, Stalinism have convinced me of this central paradox: bookishness — bookishness, that old English word, it's a good one — bookishness, highest literacy, every technique of cultural propaganda and training not only can accompany bestiality and oppression and despotism but at certain points foster it. We are trained our whole life long in abstraction, in the fictive, and we develop a certain power— allegedly a power—to identify with the fictive, to teach it, to deepen it (how many children has Lady Macbeth?). Then we go into the street and there's a scream and it has a strange unreality."
George Steiner
martes, 22 de abril de 2014
La grande belleza (Paolo Sorrentino, 2013)
"This is how it always ends. With death. But first there was life, hidden beneath the blah, blah, blah... It's all settled beneath the chitter chatter and the noise, silence and sentiment, emotion and fear. The haggard, inconstant flashes of beauty. And then the wretched squalor and miserable humanity. All buried under the cover of the embarrassment of being in the world, blah, blah, blah... Beyond there is what lies beyond. And I don't deal with what lies beyond. Therefore... let this novel begin. After all... it's just a trick. Yes, it's just a trick."
domingo, 20 de abril de 2014
Detachment (Tony Kaye, 2011)
"Whatever is on my mind, I say it as I feel it, I'm truthful to myself; I'm young and I'm old, I've been bought and I've been sold, so many times. I am hard-faced, I am gone. I am just like you."
sábado, 19 de abril de 2014
The hours (Stephen Daldry, 2002)
viernes, 18 de abril de 2014
Libro del desasosiego, 25
“Y yo, verdaderamente yo, soy el centro que no existe en esto sino mediante una geometría del abismo; soy la nada en torno a la cual gira este movimiento, sin que ese centro exista sino porque todo círculo lo tiene. Yo, verdaderamente yo, soy el pozo sin muros, pero con la viscosidad de los muros, el centro de todo con la nada alrededor.
Y es, en mí, como si el infierno mismo riese, sin por lo menos la humanidad de los diablos riéndose, la locura graznada del universo muerto, el cadáver rodante del espacio físico, el fin de todos los mundos fluctuando negro al viento, disforme, anacrónico, sin Dios que lo hubiese creado, sin él mismo que está rodando en las tinieblas de las tinieblas, imposible, único, todo.”
jueves, 17 de abril de 2014
Libro del desasosiego, 2 (ed. Ángel Crespo)
Leo el Libro del desasosiego de Bernardo Soares, edición de Ángel Crespo, que hace un par de años leí con prisa, muy a la carrera, en mi curso de Literatura Mundial. Lo he leído posteriormente, a ratos, con el mismo descuido, pero sólo ahora que intento volcarme en él, ahora que intento disolverme por completo en su lectura, empiezo a intuir el efecto -el tremendo impacto- que recibiré al término del libro.
Tras las primeras páginas, me encuentro con este fragmento:
"Considero a la vida como una posada en la que tengo que quedarme hasta que llegue la diligencia del abismo. No sé a dónde me llevará, porque no sé nada". (p. 22)
Tras las primeras páginas, me encuentro con este fragmento:
"Considero a la vida como una posada en la que tengo que quedarme hasta que llegue la diligencia del abismo. No sé a dónde me llevará, porque no sé nada". (p. 22)
miércoles, 16 de abril de 2014
Shakespeare, vivo
Por Javier Marías
Sé de numerosos escritores que leyeron a los más grandes en
su temprana juventud —quizá cuando sólo eran lectores— y luego jamás vuelven a
ellos. En parte lo entiendo: resulta desalentador, disuasorio, incluso
deprimente, asomarse a las páginas más sublimes de la historia de la
literatura. “Existiendo esto”, se dice uno (yo el primero), “¿qué sentido tiene
que llene folios con mis tonterías? No sólo nunca alcanzaré estas alturas o
esta profundidad, sino que en realidad es superfluo añadir ni una letra. Casi
todo se ha dicho ya, y además de la mejor manera posible”. Hay escritores, por
tanto, que para sobrevivir como tales y encontrar el ánimo para pasar meses o
años ante el ordenador o la máquina, necesitan fingir que no han existido
Shakespeare ni Cervantes ni Dante ni Proust, ni Faulkner ni Montaigne ni Conrad
ni Hölderlin ni Flaubert ni James, ni Dickens ni Baudelaire ni Eliot ni Melville
ni Rilke, ni muchos más seguramente. Lo último que se les ocurre es regresar a
sus textos, al menos mientras trabajan, porque el pensamiento consecuente suele
ser: “Mejor me quedo callado y no doy a las exhaustas imprentas otra obra más:
ya hay demasiadas, y la mayoría están de sobra. Por cálculo de probabilidades,
sin duda las mías también”. Para quienes estamos en activo la frecuentación de
los clásicos puede ser más paralizante y esterilizadora que nuestros mayores
pánicos e inseguridades, y créanme que, excepto los muy soberbios (los hay, los
hay), no hay novelista ni poeta que no se vea asaltado por ellos, antes, durante
y después de la escritura.
Quizá por esa extendida evitación sorprende un poco —quizá
por eso se me haya solicitado esta pieza— que alguien como yo, todavía en
activo y más o menos contemporáneo, esté en permanente contacto (sería
presuntuosa la palabra “diálogo”) con el más intimidatorio de cuantos
escritores han sido, Shakespeare, hasta el punto de incorporarlo a menudo a mis
propios textos, en los que lo cito, lo comento, lo parafraseo; está presente en
muchos de ellos. De hecho le debo tanto que seis títulos de libros míos son citas
o “adaptaciones” de Shakespeare, y aún pueden ser siete si la novela que acabo
de terminar conserva finalmente el provisional que la ronda. No es que
desconozca esa admiración desalentadora, ese estupor disuasorio que producen
los más grandes autores, al lado de los cuales uno siempre se siente un iluso o
un fatuo. Vivimos en una época en la que el deslumbramiento por los vivos está
casi descartado, porque está más vigente que nunca aquel viejo lema, creo que
medieval: “Nadie es más que nadie”. Cada vez está más generalizada la negativa
a reconocer la “superioridad” de nadie en ningún campo (salvo en el deportivo),
y hoy sería poco imaginable la reacción del narrador de El malogrado, de Thomas
Bernhard, quien abandona su carrera pianística al coincidir con Glenn Gould y
darse cuenta de que, por competente que llegara a ser, jamás se aproximaría al
talento y al virtuosismo del intérprete canadiense. Cualquier artista actual
está obligado a suprimir —o a silenciar, al menos— la admiración por sus
colegas vivos, más aun si son compatriotas suyos o escriben en la misma lengua.
Incluso hemos llegado a un punto en el que, para sobrevivir, también hace falta
desacreditar a los muertos —qué molestia son, qué incordio, cómo nos hacen
sombra, cómo subrayan nuestras deficiencias y nuestra mediocridad—; o, si no
tanto, hacer caso omiso de ellos y desde luego rehuirlos. No son escasos los
literatos que hoy afirman no haber leído apenas —ya les trae cuenta— y tener
como referencias únicas el cine, la televisión, los cómics o los videojuegos.
El propio, posible talento con las palabras no se ve amenazado si uno ignora lo
que otros lograron con ellas.
Supongo que, en este mundo temeroso y mezquino, mi actitud
es anacrónica. Frecuento a Shakespeare porque para mí es una fuente de
fertilidad, un autor estimulante. Lejos de desanimarme, su grandeza y su
misterio me invitan a escribir, me espolean, incluso me dan ideas: las que él
sólo esbozó y dejó de lado, las que se limitó a sugerir o a enunciar de pasada
y decidió no desarrollar ni adentrarse en ellas. Las que no están expresas y
uno debe “adivinar”. Por eso he hablado de misterio: Shakespeare, entre
tantísimas otras, posee una característica extraña; al leérselo o escuchárselo,
se lo comprende sin demasiadas dificultades, o el encantamiento en que nos
envuelve nos obliga a seguir adelante. Pero si uno se detiene a mirar mejor, o
a analizar frases que ha comprendido en primera instancia, se percata a menudo
de que no siempre las entiende, de que resultan enigmáticas, de que contienen
más de lo que dicen, o de que, además de decir lo que dicen, dejan flotando en
el aire una niebla de sentidos y posibilidades, de resonancias y ecos, de
ambigüedades y contradicciones; de que no se agotan ni se acaban en su propia
formulación, ni por lo tanto en lo escrito.
En mis novelas he puesto ejemplos: “It is the cause, it is
the cause, my soul” (“Es la causa, es la causa, alma mía”), así inicia Otelo su
famoso monólogo antes de matar a Desdémona. El lector o el espectador leen o
escuchan eso tranquilamente por enésima vez, lo comprenden. Y sin embargo, ¿qué
demonios quiere decir? Porque Otelo no dice “She is the cause” ni “This is the
cause” (“Ella es la causa” o “Esta es la causa”), que resultarían más claros y
más fáciles de entender. O cuando a Macbeth le comunican la muerte de Lady
Macbeth, murmura: “She should have died hereafter” (“Debería haber muerto más
adelante”, más o menos). ¿Y eso qué significa —esa célebre frase—, cuando la
situación es ya desesperada y el propio Macbeth morirá en seguida? También Lady
Macbeth, tras empaparse las manos con la sangre del Rey Duncan que su marido ha
asesinado, vuelve a este y le dice: “My hands are of your color; but I shame to
wear a heart so white” (“Mis manos son de tu color; pero me avergüenzo de
llevar un corazón tan blanco”). No se sabe bien qué significa ahí “blanco”, si
inocente y sin mácula, si pálido, asustado o cobarde. Por mucho que ella quiera
compartir el sino de Macbeth, ensangrentándose las manos, lo cierto es que la
asesina no ha sido ella, o sólo por inducción, instigación o persuasión. Su
marido es el único que se ha manchado el corazón de veras.
Son ejemplos de los que me he valido en el pasado. Pero hay
centenares más. (“¡Ojalá fuera tan grande como mi pesar, o más pequeño mi
nombre! ¡Ojalá pudiera olvidar lo que he sido, o no recordar lo que ahora debo
ser!”, dice Ricardo II en su hora peor). Las historias de Shakespeare rara vez
son originales, rara vez de su invención. Es una prueba más de lo secundario de
los argumentos y de la importancia del tratamiento. Es su verbo, es su estilo,
el que abre brechas por las que otros nos podemos atrever a asomarnos. Señala
sendas recónditas que él no exploró a fondo y por las que nos tienta a
aventurarnos. Quizá por eso sigue siendo el clásico más vivo, al que se adapta
y representa sin cesar; el que sobrevuela películas y series de televisión
oceánicas como El señor de los anillos, Los Soprano, El padrino o Juego de
tronos, o más superficialmente House of Cards. A él sí osamos volver. No sólo
yo, desde luego, aunque en mi caso no haya la menor ocultación. Lo reconozcan o
no otros autores, a los cuatrocientos cincuenta años de su nacimiento y a los
trescientos noventa y ocho de su muerte, Shakespeare sigue siendo el que corre
más por nuestras venas y el mayor inspirador de nuestros balbuceos.
http://cultura.elpais.com/cultura/2014/04/15/actualidad/1397581546_684565.html
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