“Ningún cambio es ya
posible. Todos nosotros estamos comprometidos en la vida. Antaño, cuando nos
reunimos en un restaurante, alrededor de Percival todo borbotaba y se
estremecía: entonces hubiéramos podido llegar a ser cualquier cosa. Ahora ya
hemos escogido o quizás la elección fue hecha para nosotros: un par de pinzas
nos han prendido por la piel del cuello. Yo he escogido. Acepté las huellas de
la vida, no por fuera, sino en mi interior, sobre mis fibras desnudas, blancas,
sin protección. Estoy envuelto y herido por las huellas dejadas por rostros,
por espíritus y por cosas tan sutiles que poseen olor, color, contextura,
substancia, pero carecen de nombre […]”
“Antaño era diferente
–dijo Bernardo–. Antaño podíamos desviar la corriente a nuestro antojo. […]
¡Con cuánta rapidez corre ahora la vida desde enero a diciembre! …Somos
arrastrados por el torrente de las cosas, que se han tornado tan familiares que
ya no proyectan sombras. Ahora no establecemos comparaciones: yo piensos raramente
en mí mismo o en ustedes, y en esta inconsciencia alcanzo la máxima liberación
de los rozamientos de la vida y consigo apartar mejor las malezas que se
entrelazan en las bocas de los subterráneos abandonados. […] Yo sé que ahora no
me embarcaré jamás para las Islas del Sur. Una excursión a Roma constituye el
límite de mis viajes. Tengo hijos e hijas. Soy prisionero del lugar que ocupo
dentro del rompecabezas.”
Las olas, Virginia Woolf
Las olas, Virginia Woolf
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