Gonzalo Maier, Leer y dormir, Minúscula, Barcelona, 2021, 176 pp.
La lectura de Leer y dormir, de Gonzalo Maier, ha traído consigo el renovado placer por el estilo. Con emoción, descubro que cada página tiene su propia respiración, su propio pulso, pero también su propia apuesta por la honestidad y la transparencia. La crítica ha encasillado la prosa del autor bajo la tímida etiqueta de «escritura doméstica», pero no me parece del todo atinado. En el ensayo titulado «Animales sueltos», Maier alude a la fotografía de una capilla muy pequeña en el desierto de Atacama. Su autor, Jacqui Kenny, posee una cuenta de Instagram, The Agoraphobic Traveller, en la que postea fotos del mundo que ha tomado desde su computadora a través de Google Street View. Explica Maier: «Me pregunto por qué me gustan sus fotos, por qué he pasado horas mirando esa capilla en vez de ponerme a hacer lo que tengo que hacer. La pregunta es algo retórica porque intuyo la respuesta: sus ansias de otra parte, la posibilidad del exterior, de lo desconocido, la fantasía de que el mundo no está cerrado con una cortina metálica, que aún queda espacio para la aventura». En ese sentido, creo que sería más exacto calificar a Maier de «viajero agorafóbico», con una mirada que va del adentro hacia el afuera y viceversa.
Algunos fragmentos:
«Y el arte de leer saldos —lo mismo se podría decir de los libros usados— se trata de eso: de dejar que el reloj avance a destiempo, a contramano, como cuando uno sale a la calle con la chaqueta bien abrochada para descubrir que la primavera, sin que nadie se haya dado cuenta, ya se transformó en verano» (p. 14).
«Mientras leo una novela de Simenon, por ejemplo, mis ojos avanzan línea tras línea, palabra tras palabra, pero a veces llega un momento en que la cabeza se va y pasa a otra cosa» (p. 19).
«Ahora que los libros son el centro de la casa, leo más y soy más feliz» (p. 44).
«Desde hace un tiempo no leo, subrayo. [...] La marginalia es un terreno rico y libre para la crítica privada y doméstica. Ahora que me dedico a ella descubro los placeres de la impunidad, de la ausencia de público, de la anotación que de tan privada incluso queda fuera del alcance de los algoritmos» (p. 61)
«Hace varios años, un amigo me dijo que a los escritores o a los artistas hay que juzgarlos por sus obras buenas, y el asunto siempre me ha parecido una verdad revelada. Tal vez por eso las obras selectas o escogidas sean un camino algo más digno si se quiere canonizar a un autor —tampoco imagino por qué alguien lo haría, a no ser que tenga un Vaticano mental—, pero los libros sueltos e independientes, humildes y libres en su singularidad, al menos permiten leer del modo más alegre posible que conozco, es decir, sin mucho respeto». (p. 74)
«[...] Desde que leo Una vida en las carreras, de Gerald Murnane, me baja una nostalgia insoportable por ese pasado que nunca tuve. Es un libro feliz; debe ser eso. Cuesta un mundo encontrar novelas o ensayos que transmitan esa dicha que nada tiene que ver con el humor o la risa. Memorias o ensayos que ni siquiera son alegres, sino felices. Hay algo gratuito y sencillo —gozoso, diría— en esas rarezas bibliográficas que aparecen de tarde en tarde».

