domingo, 26 de mayo de 2024

Leer y dormir, de Gonzalo Maier

Gonzalo Maier, Leer y dormir, Minúscula, Barcelona, 2021, 176 pp. 

La lectura de Leer y dormir, de Gonzalo Maier, ha traído consigo el renovado placer por el estilo. Con emoción, descubro que cada página tiene su propia respiración, su propio pulso, pero también su propia apuesta por la honestidad y la transparencia. La crítica ha encasillado la prosa del autor bajo la tímida etiqueta de «escritura doméstica», pero no me parece del todo atinado. En el ensayo titulado «Animales sueltos», Maier alude a la fotografía de una capilla muy pequeña en el desierto de Atacama. Su autor, Jacqui Kenny, posee una cuenta de Instagram, The Agoraphobic Traveller, en la que postea fotos del mundo que ha tomado desde su computadora a través de Google Street View. Explica Maier: «Me pregunto por qué me gustan sus fotos, por qué he pasado horas mirando esa capilla en vez de ponerme a hacer lo que tengo que hacer. La pregunta es algo retórica porque intuyo la respuesta: sus ansias de otra parte, la posibilidad del exterior, de lo desconocido, la fantasía de que el mundo no está cerrado con una cortina metálica, que aún queda espacio para la aventura». En ese sentido, creo que sería más exacto calificar a Maier de «viajero agorafóbico», con una mirada que va del adentro hacia el afuera y viceversa. 

Algunos fragmentos: 

«Y el arte de leer saldos —lo mismo se podría decir de los libros usados— se trata de eso: de dejar que el reloj avance a destiempo, a contramano, como cuando uno sale a la calle con la chaqueta bien abrochada para descubrir que la primavera, sin que nadie se haya dado cuenta, ya se transformó en verano» (p. 14).

«Mientras leo una novela de Simenon, por ejemplo, mis ojos avanzan línea tras línea, palabra tras palabra, pero a veces llega un momento en que la cabeza se va y pasa a otra cosa» (p. 19).

«Ahora que los libros son el centro de la casa, leo más y soy más feliz» (p. 44).

«Desde hace un tiempo no leo, subrayo. [...] La marginalia es un terreno rico y libre para la crítica privada y doméstica. Ahora que me dedico a ella descubro los placeres de la impunidad, de la ausencia de público, de la anotación que de tan privada incluso queda fuera del alcance de los algoritmos» (p. 61)

«Hace varios años, un amigo me dijo que a los escritores o a los artistas hay que juzgarlos por sus obras buenas, y el asunto siempre me ha parecido una verdad revelada. Tal vez por eso las obras selectas o escogidas sean un camino algo más digno si se quiere canonizar a un autor —tampoco imagino por qué alguien lo haría, a no ser que tenga un Vaticano mental—, pero los libros sueltos e independientes, humildes y libres en su singularidad, al menos permiten leer del modo más alegre posible que conozco, es decir, sin mucho respeto». (p. 74)

«[...] Desde que leo Una vida en las carreras, de Gerald Murnane, me baja una nostalgia insoportable por ese pasado que nunca tuve. Es un libro feliz; debe ser eso. Cuesta un mundo encontrar novelas o ensayos que transmitan esa dicha que nada tiene que ver con el humor o la risa. Memorias o ensayos que ni siquiera son alegres, sino felices. Hay algo gratuito y sencillo —gozoso, diría— en esas rarezas bibliográficas que aparecen de tarde en tarde».



sábado, 14 de mayo de 2022

lunes, 4 de octubre de 2021

Ven, siempre ven. Vicente Aleixandre



No te acerques. Tu frente, tu ardiente frente, tu encendida frente,
las huellas de unos besos,
ese resplandor que aun de día se siente si te acercas,
ese resplandor contagioso que me queda en las manos,
ese río luminoso en que hundo mis brazos,
en el que casi no me atrevo a beber, por temor después a ya una dura vida de lucero.

No quiero que vivas en mí como vive la luz,
con ese ya aislamiento de estrella que se une con su luz,
a quien el amor se niega a través del espacio
duro y azul que separa y no une,
donde cada lucero inaccesible
es una soledad que, gemebunda, envía su tristeza.

La soledad destella en el mundo sin amor.
La vida es una vívida corteza,
una rugosa piel inmóvil,
donde el hombre no puede encontrar su descanso,
por más que aplique su sueño contra un astro apagado.

Pero tú no te acerques. Tu frente destellante, carbón encendido que me arrebata a la propia conciencia,
duelo fulgúreo en que de pronto siento la tentación de morir,
de quemarme los labios con tu roce indeleble,
de sentir mi carne deshacerse contra tu diamante abrasador.

No te acerques, porque tu beso se prolonga como el choque imposible de las estrellas,
como el espacio que súbitamente se incendia,
éter propagador donde la destrucción de los mundos
es un único corazón que totalmente se abrasa.

Ven, ven, ven como el carbón extinto oscuro que encierra una muerte;
ven como la noche ciega que me acerca su rostro;
ven como los dos labios marcados por el rojo,
por esa línea larga que funde los metales.

Ven, ven, amor mío; ven, hermética frente, redondez casi rodante
que luces como una órbita que va a morir en mis brazos;
ven como dos ojos o dos profundas soledades,
dos imperiosas llamadas de una hondura que no conozco.

¡Ven, ven, muerte, amor; ven pronto, te destruyo;
ven, que quiero matar o amar o morir o darte todo;
ven, que ruedas como liviana piedra,
confundida como una luna que me pide mis rayos!

miércoles, 21 de julio de 2021

Límites, Jorge Luis Borges



De estas calles que ahondan el poniente,
una habrá (no sé cuál) que he recorrido
ya por última vez, indiferente
y sin adivinarlo, sometido

a quien prefija omnipotentes normas
y una secreta y rígida medida
a las sombras, los sueños y las formas
que destejen y tejen esta vida.

Si para todo hay término y hay tasa
y última vez y nunca más y olvido
¿Quién nos dirá de quién, en esta casa,
sin saberlo, nos hemos despedido?

Tras el cristal ya gris la noche cesa
y del alto de libros que una trunca
sombra dilata por la vaga mesa,
alguno habrá que no leeremos nunca.

Hay en el Sur más de un portón gastado
con sus jarrones de mampostería
y tunas, que a mi paso está vedado
como si fuera una litografía.

Para siempre cerraste alguna puerta
y hay un espejo que te aguarda en vano;
la encrucijada te parece abierta
y la vigila, cuadrifronte, Jano*.

Hay, entre todas tus memorias, una
que se ha perdido irreparablemente;
no te verán bajar a aquella fuente
ni el blanco sol ni la amarilla luna.

No volverá tu voz a lo que el persa
dijo en su lengua de aves y de rosas,
cuando al ocaso, ante la luz dispersa,
quieras decir inolvidables cosas.

¿Y el incesante Ródano y el lago,
todo ese ayer sobre el cual hoy me inclino?
Tan perdido estará como Cartago
que con fuego y con sal borró el latino*.

Creo en el alba oír un atareado
rumor de multitudes que se alejan;
son lo que me ha querido y olvidado;
espacio, tiempo y Borges ya me dejan.

miércoles, 15 de julio de 2020


"Sin embargo, ser persona es precisamente hacerse cargo de sí mismo como un ser abierto, desbalanceado, gravitante hacia la comunión personal, hacia la vida inspirada. Y hay actos inspirados que avivan esa tensión a los otros concretos, que nos despiertan del tráfico abstracto, que nos liberan, que exigen un ejercicio de nuestro ser concreto y así nos enfrentan a nuestra propia gravitación, a nuestra carencia, a eso único necesario que es el amor.

Estos actos exigen la totalidad de nuestro ser, no nada más los ojos o tal o cual entrenamiento. por eso nos reconstituyen, nos desalienan, nos recobran como totalidades, aunque sea temporalmente y con el riesgo de otro de género de alienaciones." (Gabriel Zaid)

martes, 4 de diciembre de 2018

Garcilaso, soneto XXXVIII

Estoy continuo en lágrimas bañado,
rompiendo el aire siempre con sospiros;
y más me duele el no osar deciros
que he llegado por vos a tal estado;

que viéndome do estoy, y lo que he andado
por el camino estrecho de seguiros,
si me quiero tornar para huiros,
desmayo, viendo atrás lo que he dejado;

y si quiero subir a la alta cumbre,
a cada paso espántanme en la vía,
ejemplos tristes de los que han caído.

sobre todo, me falta ya la lumbre
de la esperanza, con que andar solía
por la oscura región de vuestro olvido.

domingo, 11 de noviembre de 2018