Liliana Muñoz
La alegría es, sin duda, uno de los temas medulares de la obra Robert Louis Stevenson. En cada uno de sus textos –y particularmente en sus ensayos, reunidos ahora bajo el nombre de Memoria para el olvido– se respira un aire de felicidad, de ligereza, de incesante asombro ante la vida. Pero la alegría de la que hablaba Stevenson no es –como podríamos suponer– una alegría frágil o superficial. No. Es una alegría que se deriva de la voluntad de vivir. En este sentido, el ensayo “Aes triplex” es un verdadero ejemplo de su optimismo.
Stevenson, nacido en Edimburgo en 1850, padeció –desde muy joven– una tuberculosis que lo mató a los 44 años. Su vida, breve pero apasionante, quedó bien documentada en sus textos, sobre todo en sus ensayos, en donde hallamos quizá sus impresiones más personales. En un sermón de Navidad escrito en 1888, Stevenson sentenció: “Sea la que fuese nuestra tarea, no estamos destinados al éxito. Nuestro destino es el fracaso. Así es en toda arte y todo estudio; es así sobre todo en el mesurado arte de vivir bien”.
Confieso, no sin pudor, que me ofrece cierto consuelo leer a Stevenson. Cuando me siento vencer por las dificultades me aproximo a sus textos como a una tabla de salvación. Lo que encuentro en ellos no es un impulso que me vuelve a reanimar, sino un cambio de perspectiva: todo lo que me sucede es, en realidad, insignificante; lo que verdaderamente importa es que podamos aprovechar esta vida –con sus altas y bajas– antes de que sea demasiado tarde. Esto, desde luego, se dice fácil, pero lo que importa es el esfuerzo. No podemos satisfacer todas necesidades. No podemos, tampoco, vencer todos nuestros miedos. Pero lo que nos demuestra Stevenson, en vida y arte, es que tenemos que esmerarnos y persistir incesantemente.
Cada día estamos un poco más cerca de la muerte, pero si nos paralizamos pensando en el porvenir no podremos disfrutar jamás del presente. En “Aes triplex”, Stevenson señala que “este mundo, que viaja ciega y rápidamente en un espacio atestado, entre otros mil mundos que viajan ciega y rápidamente, puede recibir un golpe que lo haga explotar como un petardo de un penique. ¿Y qué es el cuerpo humano, considerado patológicamente, con todos sus órganos, sino una simple bolsa de petardos”(p. 307). En efecto, el cuerpo humano degenera, podemos morir en cualquier instante o, como decía Marco Aurelio, “el tiempo de la vida humana: un punto”. No obstante, creo que, más que de la muerte, de lo que tenemos miedo es de la propia vida: nos aterra el futuro, nos angustian las probabilidades, nos abruman las equivocaciones. La mayoría de la gente, sin embargo, no se preocupa por ello: “es, desde luego, un tema que merece la pena considerar la falta de preocupación y la alegría con que la humanidad galopa por el Valle de la Sombra de la Muerte” (p. 308). Y así debería ser. Porque si dejáramos que nuestros miedos nos paralizaran, si dejáramos que éstos se apoderaran de nosotros, no podríamos vivir. Tenemos que seguir adelante, por muy difíciles –por muy complejas– que sean nuestras tareas. Pero seguir adelante no implica lanzarse en una carrera frenética hacia el futuro. Implica tomarse el tiempo de aprender a vivir, que es algo que no se aprende de la noche a la mañana. Apunta Stevenson: “Vivimos el tiempo que una cerilla tarda en arder débilmente, descorchamos una botella de cerveza de jengibre y el terremoto nos traga al instante. ¿No resulta extraño, no resulta incongruente, no resulta, en la más amplia acepción de la palabra, increíble que tengamos en tan alta estima la cerveza de jengibre, y que pensemos tan poco en el terremoto devorador? El amor por la Vida y el miedo a la Muerte son dos expresiones famosas que se hacen más difíciles de comprender mientras más pensamos en ellas” (p. 308). Porque aprender a vivir es una tarea más ardua y más compleja que superar nuestro temor a la muerte, debemos aprender que la lentitud es la mejor de nuestras armas. No se trata de andar como caballos desbocados, azotándonos contra las paredes con tal de continuar; no se trata tampoco de arremeter a ciegas contra el futuro, sino de entender que todo lo que hacemos conlleva un proceso. Debemos ser valientes y enfrentar ese camino con paciencia, sí, pero aceptando que el camino es sinuoso, en ocasiones arduo, y que todo tropiezo trae consigo un aprendizaje.
Tengo 26 años y pienso, equivocadamente, que la muerte es algo lejano. Me engaño pensando que no me sucederá, que llegaré a la vejez, que moriré apaciblemente sobre mi cama. No sé nada de la muerte porque (aún) no sé nada de la vida. Pienso que, cuando sea mayor, habré alcanzado ya cierto grado de sabiduría; pienso que miraré hacia atrás y recordaré, no sin nostalgia, mis equivocaciones y tropiezos. Tal vez sea así. O tal vez no. Algunas veces he pensado que cuando llegue ese momento habré olvidado ya las dudas, ya los temores que hoy me asaltan. Afirma Stevenson que la gran contribución –la gran conclusión– de los filósofos al tema de la vida es que ésta es “una Posibilidad Permanente de Sensaciones”(p. 309). Esto es verdad, pero sólo hasta cierto punto. Porque presiento que, hacia el final, los hombres y las mujeres próximos a la muerte saben, o intuyen, que su fin es inminente; saben que no podrán sentir más y que su vida se extinguirá como una vela; saben no podrán gozar ya de la compañía de sus seres querido; saben que pronto dejarán de sentir. Es en ese momento cuando nosotros comprendemos que la muerte es verdadera; cuando entendemos que podemos morir en cualquier instante y que, por eso mismo, debemos disfrutar ahora de la vida. Se trata de un sentimiento bastante común. Sucede, por ejemplo, en los velorios. Mientras una parte de la familia se reúne a discutir los últimos chismes y novedades, otra reconoce, para sus adentros, que lo más valioso que tienen, en esos momentos, es la propia vida. Ellos que jamás volverán a gozar de la compañía de su ser querido; saben que se ha ido de forma definitiva, pero que todavía están rodeados de gente a la que aman de forma auténtica y genuina. Así, si la tristeza no los embarga por completo, la lucidez los invade. Entonces piensan: “tengo que disfrutar la vida porque, eventualmente, yo también voy a morir”. Y a veces lloramos, no por el muerto en cuestión, sino por nosotros mismos: ¿qué hemos hecho hasta ahora?, ¿en qué hemos malgastado el tiempo?, ¿qué será de nosotros sin nuestros seres queridos? Recuerdo que, cuando murió mi abuela, diez años atrás, mi principal preocupación fue precisamente esa: ¿qué sucederá, a partir de ahora, con nosotros? Recuerdo haber llorado, no por la muerte de mi abuela, sino por aquellos que me rodeaban. Porque sabía, o al menos podía intuir, que cada quien se iría por su parte; que iniciarían los disturbios; que mis tíos disputarían la herencia. Y así fue. Yo lloré, no por los muertos, sino por los vivos. Porque no estaban viviendo realmente.
Y, sin embargo, algo queda claro: “que no amamos la vida, en el sentido de que nos preocupe mucho su conservación; que no amamos, hablando con propiedad, la vida en absoluto, sino vivir” (p. 310). En pocas palabras: no nos interesa la vida, en su sentido más abstracto, sino sentirnos vivos, dueños de nuestras acciones y experiencias. Pero vivir no es, o no únicamente, vivir con alegría, sino afrontar con optimismo las dificultades y tribulaciones. En pocas palabras: vivir es entregarse al presente perpetuo. Porque, en ocasiones, por muy terribles que sean las situaciones que debemos enfrentar, éstas terminan por hacernos sentir más plenos, más reales. Nos hacen sentir, sí, que estamos viviendo. Y después, al rememorar esos acontecimientos, nos daremos cuenta de que, en esos momentos, también estábamos vivos. Stevenson señala que resulta, las más de las veces, desconcertante, ver cómo los hombres se entregan a los placeres de la vida y permanecen ajenos al terror paralizante de la muerte: “Para nosotros la trampa también está dispuesta. Pero nos gusta tanto la vida que no nos queda tiempo para ocuparnos del terror de la muerte. Para nosotros es una luna de miel hasta el final, y más bien corta. No se nos puede reprochar que nos entreguemos completamente a esa resplandeciente novia nuestra, a los apetitos, al honor, a la ávida curiosidad de la mente, al placer de la vista de la naturaleza, y al orgullo de nuestros ágiles cuerpos” (p. 311). No se nos puede reprochar. Hacer lo contrario es, precisamente, estar muertos en vida. ¿Qué sucede, por ejemplo, con la gente que teme entregarse al placer? No se puede decir que esté viviendo realmente. En el mundo moderno, vivimos con tanta prisa que la única forma que tenemos de relacionarnos con el mundo parece ser llevarnos al límite de nuestras facultades intelectuales. El estrés, el insomnio y la vida tan ajetreada que tenemos acaban con nuestros placeres, y lo único que encontramos al otro lado de ellos es un ritmo frenético que nos impulsa a hacer un sinfín de cosas y a disfrutar ninguna. Debemos rebelarnos contra nosotros mismos: aprender que, más que cualquier otra cosa, lo más importante en esta vida es el disfrute.
Para Stevenson, “el valor y la inteligencia son las cualidades de más valía para la educación de un buen hombre; la primera parte de la inteligencia es reconocer nuestro precario estado en la vida, y la primera parte del valor es no amedrentarse en absoluto por ello. Una actitud franca un tanto precipitada, mirar hacia adelante sin demasiada angustia, sin quedarse en un sensiblero lamento por el pasado, es la marca del hombre que lleva una buena armadura para este mundo” (p. 312). Pero, a veces, el valor y la inteligencia se encuentran cara a cara con nuestro agotamiento intelectual; no se trata de adquirir valor e inteligencia, sino de adquirir toda una educación sentimental: ¿Cómo disfrutar? ¿Cómo entregarse a las cosas y a los objetos y a las personas? ¿Cómo aprender, en suma, a ser felices? La felicidad es, ante todo, una actitud, pero a veces esa actitud se encuentra, en ocasiones, condicionada por el hastío, por el cansancio físico y mental, por el ciclo vicioso y monomaniaco en el que a veces caemos. “Ser demasiado sensato significa anquilosarse, y el fabricante de escrúpulos acaba por quedarse inmóvil. Pero el hombre que muestra sus emociones y que tiene una buena veleta tornadiza por cerebro, que toma la vida como algo que usar con brío y que arriesgar con alegría, conoce el mundo de manera muy distinta, mantiene sus impulsos activos, verdaderos y rápidos, y coge impulso al correr, hasta que al final, si corre hacia algo puede convertirse en una constelación” (p. 312)
Y, sin embargo, no depende de la cantidad de emociones o de experiencias que lleguemos a tener, sino de la forma en que éstas se vuelven parte de nosotros. De la forma en que asimilamos esas experiencias, de la forma en que aprendemos a habitamos. Porque aprender a vivir es emprender, ante todo, un aprendizaje: una batalla sin tregua para reconquistarnos a nosotros mismos: “Al ser un verdadero amante de la vida, un tipo con una parte impetuosa y espontánea en su interior, debe, como cualquier otro soldado en cualquier otra guerra turbulenta y letal, apretar el paso todo lo que puede hasta tocar la meta (313)”. Al final de esa guerra –al final de esa batalla–, el soldado, si persiste, descubrirá, con suerte, el lado luminoso de la vida.