domingo, 22 de noviembre de 2015

Alberto Manguel, El viajero, la torre y la larva. El lector como metáfora, Fondo de Cultura Económica, México, 2014, 129 pp.



Liliana Muñoz



No solo los placeres, sino también las trampas del acto de la lectura son el tema de El viajero, la torre y la larva, el libro más reciente de Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948). Ya en Una historia de la lectura (1998) el autor exploraba los misterios del arte de leer, trazando –con un tono ameno, pero erudito– un recorrido por los momentos clave de la historia de la lectura: de la invención de la imprenta a la fabricación de los lentes; de la lectura pública a la lectura privada; de la quema de libros a la lectura de imágenes; de la escritura cuneiforme a la literatura digital. En El viajero, la torre y la larva, Manguel, tomando como eje tres metáforas de la lectura –el lector como viajero, el lector en la torre de marfil y la larva de los libros–, busca desentrañar las infinitas posibilidades de la experiencia lectora.



Reseña completa en: http://www.criticismo.com/el-viajero-la-torre-y-la-larva-el-lector-como-metafora/

martes, 18 de agosto de 2015

Leopardi, de Pietro Citati

Creo que la hermana de Leopardi no se la pasaba muy bien:

"Paolina no era guapaNo era alta, no tenía la elegante blancura de piel que admiraban los hombres de la época. Quizá por solidaridad con su hermano, le había crecido una pequeña joroba en la espalda, lo que la mortificaba. Era tímida. Hablaba poco. No tenía confianza en sí misma... Tenía una agudísima sensibilidad, que exacerbaba una inteligencia sospechosa y maniaca. Tenía un inmenso deseo de ser feliz, y esperaba que, al menos una vez, le tocara alguna pequeña felicidad real. Soñaba con el amor... Nada aliviaba el tedio. Sabía que no se realizaría uno solo de sus deseos. Vivía sin vida, sin alma, sin cuerpo. Le parecía que estaba muerta desde hacía mucho tiempo; que su cuerpo era un cadáver... Lo único que le quedabaera la lectura..."

domingo, 9 de agosto de 2015

Un poema bello, una idea, un descubrimiento, no tienen un valor seguro. Si se destruyen antes de que se den a conocer, no ha ocurrido nada. Si actúan, si se aferran a un hombre, y luego a otro, su alcance se hace incalculable; participa de aquello en lo que se va a convertir el hombre. Si el hombre perece sin otro efecto, ellos perecerán también del mismo modo.

Paul Valéry, Carnets

lunes, 13 de julio de 2015

"Sin embargo, ser persona es precisamente hacerse cargo de sí mismo como un ser abierto, desbalanceado, gravitante hacia la comunión personal, hacia la vida inspirada. Y hay actos inspirados que avivan esa tensión a los otros concretos, que nos despiertan del tráfico abstracto, que nos liberan, que exigen un ejercicio de nuestro ser concreto y así nos enfrentan a nuestra propia gravitación, a nuestra carencia, a eso único necesario que es el amor. 
Estos actos exigen la totalidad de nuestro ser, no nada más los ojos o tal o cual entrenamiento. por eso nos reconstituyen, nos desalienan, nos recobran como totalidades, aunque sea temporalmente y con el riesgo de otro de género de alienaciones." (Gabriel Zaid)

domingo, 5 de julio de 2015

"Empieza de una vez a ser quien eres, en vez de calcular quién serás"

Franz Kafka

jueves, 4 de junio de 2015

El mesurado arte de vivir bien

El mesurado arte de vivir bien

Liliana Muñoz



La alegría es, sin duda, uno de los temas medulares de la obra Robert Louis Stevenson. En cada uno de sus textos –y particularmente en sus ensayos, reunidos ahora bajo el nombre de Memoria para el olvido– se respira un aire de felicidad, de ligereza, de incesante asombro ante la vida. Pero la alegría de la que hablaba Stevenson no es –como podríamos suponer– una alegría frágil o superficial. No. Es una alegría que se deriva de la voluntad de vivir. En este sentido, el ensayo “Aes triplex” es un verdadero ejemplo de su optimismo.

Stevenson, nacido en Edimburgo en 1850, padeció –desde muy joven– una tuberculosis que lo mató a los 44 años. Su vida, breve pero apasionante, quedó bien documentada en sus textos, sobre todo en sus ensayos, en donde hallamos quizá sus impresiones más personales. En un sermón de Navidad escrito en 1888, Stevenson sentenció: “Sea la que fuese nuestra tarea, no estamos destinados al éxito. Nuestro destino es el fracaso. Así es en toda arte y todo estudio; es así sobre todo en el mesurado arte de vivir bien”.

Confieso, no sin pudor, que me ofrece cierto consuelo leer a Stevenson. Cuando me siento vencer por las dificultades me aproximo a sus textos como a una tabla de salvación. Lo que encuentro en ellos no es un impulso que me vuelve a reanimar, sino un cambio de perspectiva: todo lo que me sucede es, en realidad, insignificante; lo que verdaderamente importa es que podamos aprovechar esta vida –con sus altas y bajas– antes de que sea demasiado tarde. Esto, desde luego, se dice fácil, pero lo que importa es el esfuerzo. No podemos satisfacer todas necesidades. No podemos, tampoco, vencer todos nuestros miedos. Pero lo que nos demuestra Stevenson, en vida y arte, es que tenemos que esmerarnos y persistir incesantemente.

Cada día estamos un poco más cerca de la muerte, pero si nos paralizamos pensando en el porvenir no podremos disfrutar jamás del presente. En “Aes triplex”, Stevenson señala que “este mundo, que viaja ciega y rápidamente en un espacio atestado, entre otros mil mundos que viajan ciega y rápidamente, puede recibir un golpe que lo haga explotar como un petardo de un penique. ¿Y qué es el cuerpo humano, considerado patológicamente, con todos sus órganos, sino una simple bolsa de petardos”(p. 307). En efecto, el cuerpo humano degenera, podemos morir en cualquier instante o, como decía Marco Aurelio, “el tiempo de la vida humana: un punto”. No obstante, creo que, más que de la muerte, de lo que tenemos miedo es de la propia vida: nos aterra el futuro, nos angustian las probabilidades, nos abruman las equivocaciones. La mayoría de la gente, sin embargo, no se preocupa por ello: “es, desde luego, un tema que merece la pena considerar la falta de preocupación y la alegría con que la humanidad galopa por el Valle de la Sombra de la Muerte” (p. 308). Y así debería ser. Porque si dejáramos que nuestros miedos nos paralizaran, si dejáramos que éstos se apoderaran de nosotros, no podríamos vivir. Tenemos que seguir adelante, por muy difíciles –por muy complejas– que sean nuestras tareas. Pero seguir adelante no implica lanzarse en una carrera frenética hacia el futuro. Implica tomarse el tiempo de aprender a vivir, que es algo que no se aprende de la noche a la mañana. Apunta Stevenson: “Vivimos el tiempo que una cerilla tarda en arder débilmente, descorchamos una botella de cerveza de jengibre y el terremoto nos traga al instante. ¿No resulta extraño, no resulta incongruente, no resulta, en la más amplia acepción de la palabra, increíble que tengamos en tan alta estima la cerveza de jengibre, y que pensemos tan poco en el terremoto devorador? El amor por la Vida y el miedo a la Muerte son dos expresiones famosas que se hacen más difíciles de comprender mientras más pensamos en ellas” (p. 308). Porque aprender a vivir es una tarea más ardua y más compleja que superar nuestro temor a la muerte, debemos aprender que la lentitud es la mejor de nuestras armas. No se trata de andar como caballos desbocados, azotándonos contra las paredes con tal de continuar; no se trata tampoco de arremeter a ciegas contra el futuro, sino de entender que todo lo que hacemos conlleva un proceso. Debemos ser valientes y enfrentar ese camino con paciencia, sí, pero aceptando que el camino es sinuoso, en ocasiones arduo, y que todo tropiezo trae consigo un aprendizaje.

Tengo 26 años y pienso, equivocadamente, que la muerte es algo lejano. Me engaño pensando que no me sucederá, que llegaré a la vejez, que moriré apaciblemente sobre mi cama. No sé nada de la muerte porque (aún) no sé nada de la vida. Pienso que, cuando sea mayor, habré alcanzado ya cierto grado de sabiduría; pienso que miraré hacia atrás y recordaré, no sin nostalgia, mis equivocaciones y tropiezos. Tal vez sea así. O tal vez no. Algunas veces he pensado que cuando llegue ese momento habré olvidado ya las dudas, ya los temores que hoy me asaltan. Afirma Stevenson que la gran contribución –la gran conclusión– de los filósofos al tema de la vida es que ésta es “una Posibilidad Permanente de Sensaciones”(p. 309). Esto es verdad, pero sólo hasta cierto punto. Porque presiento que, hacia el final, los hombres y las mujeres próximos a la muerte saben, o intuyen, que su fin es inminente; saben que no podrán sentir más y que su vida se extinguirá como una vela; saben no podrán gozar ya de la compañía de sus seres querido; saben que pronto dejarán de sentir. Es en ese momento cuando nosotros comprendemos que la muerte es verdadera; cuando entendemos que podemos morir en cualquier instante y que, por eso mismo, debemos disfrutar ahora de la vida. Se trata de un sentimiento bastante común. Sucede, por ejemplo, en los velorios. Mientras una parte de la familia se reúne a discutir los últimos chismes y novedades, otra reconoce, para sus adentros, que lo más valioso que tienen, en esos momentos, es la propia vida. Ellos que jamás volverán a gozar de la compañía de su ser querido; saben que se ha ido de forma definitiva, pero que todavía están rodeados de gente a la que aman de forma auténtica y genuina. Así, si la tristeza no los embarga por completo, la lucidez los invade. Entonces piensan: “tengo que disfrutar la vida porque, eventualmente, yo también voy a morir”. Y a veces lloramos, no por el muerto en cuestión, sino por nosotros mismos: ¿qué hemos hecho hasta ahora?, ¿en qué hemos malgastado el tiempo?, ¿qué será de nosotros sin nuestros seres queridos? Recuerdo que, cuando murió mi abuela, diez años atrás, mi principal preocupación fue precisamente esa: ¿qué sucederá, a partir de ahora, con nosotros? Recuerdo haber llorado, no por la muerte de mi abuela, sino por aquellos que me rodeaban. Porque sabía, o al menos podía intuir, que cada quien se iría por su parte; que iniciarían los disturbios; que mis tíos disputarían la herencia. Y así fue. Yo lloré, no por los muertos, sino por los vivos. Porque no estaban viviendo realmente.

Y, sin embargo, algo queda claro: “que no amamos la vida, en el sentido de que nos preocupe mucho su conservación; que no amamos, hablando con propiedad, la vida en absoluto, sino vivir” (p. 310). En pocas palabras: no nos interesa la vida, en su sentido más abstracto, sino sentirnos vivos, dueños de nuestras acciones y experiencias. Pero vivir no es, o no únicamente, vivir con alegría, sino afrontar con optimismo las dificultades y tribulaciones. En pocas palabras: vivir es entregarse al presente perpetuo. Porque, en ocasiones, por muy terribles que sean las situaciones que debemos enfrentar, éstas terminan por hacernos sentir más plenos, más reales. Nos hacen sentir, sí, que estamos viviendo. Y después, al rememorar esos acontecimientos, nos daremos cuenta de que, en esos momentos, también estábamos vivos. Stevenson señala que resulta, las más de las veces, desconcertante, ver cómo los hombres se entregan a los placeres de la vida y permanecen ajenos al terror paralizante de la muerte: “Para nosotros la trampa también está dispuesta. Pero nos gusta tanto la vida que no nos queda tiempo para ocuparnos del terror de la muerte. Para nosotros es una luna de miel hasta el final, y más bien corta. No se nos puede reprochar que nos entreguemos completamente a esa resplandeciente novia nuestra, a los apetitos, al honor, a la ávida curiosidad de la mente, al placer de la vista de la naturaleza, y al orgullo de nuestros ágiles cuerpos” (p. 311). No se nos puede reprochar. Hacer lo contrario es, precisamente, estar muertos en vida. ¿Qué sucede, por ejemplo, con la gente que teme entregarse al placer? No se puede decir que esté viviendo realmente. En el mundo moderno, vivimos con tanta prisa que la única forma que tenemos de relacionarnos con el mundo parece ser llevarnos al límite de nuestras facultades intelectuales. El estrés, el insomnio y la vida tan ajetreada que tenemos acaban con nuestros placeres, y lo único que encontramos al otro lado de ellos es un ritmo frenético que nos impulsa a hacer un sinfín de cosas y a disfrutar ninguna. Debemos rebelarnos contra nosotros mismos: aprender que, más que cualquier otra cosa, lo más importante en esta vida es el disfrute.

Para Stevenson, “el valor y la inteligencia son las cualidades de más valía para la educación de un buen hombre; la primera parte de la inteligencia es reconocer nuestro precario estado en la vida, y la primera parte del valor es no amedrentarse en absoluto por ello. Una actitud franca un tanto precipitada, mirar hacia adelante sin demasiada angustia, sin quedarse en un sensiblero lamento por el pasado, es la marca del hombre que lleva una buena armadura para este mundo” (p. 312). Pero, a veces, el valor y la inteligencia se encuentran cara a cara con nuestro agotamiento intelectual; no se trata de adquirir valor e inteligencia, sino de adquirir toda una educación sentimental: ¿Cómo disfrutar? ¿Cómo entregarse a las cosas y a los objetos y a las personas? ¿Cómo aprender, en suma, a ser felices? La felicidad es, ante todo, una actitud, pero a veces esa actitud se encuentra, en ocasiones, condicionada por el hastío, por el cansancio físico y mental, por el ciclo vicioso y monomaniaco en el que a veces caemos. “Ser demasiado sensato significa anquilosarse, y el fabricante de escrúpulos acaba por quedarse inmóvil. Pero el hombre que muestra sus emociones y que tiene una buena veleta tornadiza por cerebro, que toma la vida como algo que usar con brío y que arriesgar con alegría, conoce el mundo de manera muy distinta, mantiene sus impulsos activos, verdaderos y rápidos, y coge impulso al correr, hasta que al final, si corre hacia algo puede convertirse en una constelación” (p. 312)

Y, sin embargo, no depende de la cantidad de emociones o de experiencias que lleguemos a tener, sino de la forma en que éstas se vuelven parte de nosotros. De la forma en que asimilamos esas experiencias, de la forma en que aprendemos a habitamos. Porque aprender a vivir es emprender, ante todo, un aprendizaje: una batalla sin tregua para reconquistarnos a nosotros mismos: “Al ser un verdadero amante de la vida, un tipo con una parte impetuosa y espontánea en su interior, debe, como cualquier otro soldado en cualquier otra guerra turbulenta y letal, apretar el paso todo lo que puede hasta tocar la meta (313)”. Al final de esa guerra –al final de esa batalla–, el soldado, si persiste, descubrirá, con suerte, el lado luminoso de la vida.




martes, 28 de abril de 2015

El inmortal, de Jorge Luis Borges


Releo, con inusitada atención, "El inmortal", de Jorge Luis Borges. Me dejan fría su prosa y su cadencia, su adjetivación, la cuidadosa selección de los verbos, la precisión de sus giros sintácticos. Transcribo, por mero entusiasmo, unos cuantos fragmentos:

"En Roma, conversé con filósofos que sintieron que dilatar la vida de los hombres era dilatar su agonía y multiplicar el número de sus muertes. Ignoro si creí alguna vez en la Ciudad de los Inmortales: pienso que entonces me bastó la tarea de buscarla."

"A la impresión de enorme antigüedad se agregaron otras: la de lo interminable, la de lo atroz, la de lo complejamente insensato. Yo había cruzado un laberinto, pero la nítida Ciudad de los Inmortales me atemorizó y repugnó. Un laberinto es una casa labrada para confundir a los hombres; la arquitectura, pródiga en simetrías, está subordinada a ese fin. En el palacio que imperfectamente exploré, la arquitectura carecía de fin."

"Pensé que Argos y yo participábamos de universos distintos; pensé que nuestras percepciones eran iguales, pero que Argos las combinaba de otra manera y construía con ellas otros objetos; pensé que acaso no había objetos para él, sino un vertiginoso y continuo juego de impresiones brevísimas. Pensé en un mundo sin memoria, sin tiempo; consideré la posibilidad de un lenguaje que ignorara los sustantivos, un lenguaje de verbos impersonales o de indeclinables epítetos. Así fueron muriendo los días y con los días los años, pero algo parecido a la felicidad ocurrió una mañana. Llovió, con lentitud poderosa."

"La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Estos conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rosttro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario. Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial, no rigen para los Inmortales. Homero y yo nos separamos en las puertas de Tánger; creo que no nos dijimos adiós."

lunes, 27 de abril de 2015

The road not taken, Robert Frost



The road not taken


Two roads diverged in a yellow wood,
And sorry I could not travel both
And be one traveler, long I stood
And looked down one as far as I could
To where it bent in the undergrowth;        

Then took the other, as just as fair,
And having perhaps the better claim,
Because it was grassy and wanted wear;
Though as for that the passing there
Had worn them really about the same,        

And both that morning equally lay
In leaves no step had trodden black.
Oh, I kept the first for another day!
Yet knowing how way leads on to way,
I doubted if I should ever come back.        

I shall be telling this with a sigh
Somewhere ages and ages hence:
Two roads diverged in a wood, and I—
I took the one less traveled by,
And that has made all the difference.

Robert Frost

jueves, 12 de marzo de 2015

Vila-Matas knows


Hay un antes y un después de mi catarsis de semanas atrás. "Cuando algo concluye, uno debe pensar que empieza algo nuevo", recuerdo que me dije entonces. Y así ha sido. Al principio sabía lo que había perdido, pero no lo que podía comenzar. Avancé a tientas y lo que llegó fue la irrupción de cierto sentido de la calma aplicado a la vida. Llevaba demasiado tiempo con la impresión de que la organización del mundo me estaba arrojando cada día más a un futuro de creciente velocidad que me arrebataba el presente y me obligaba siempre a vivir en el futuro, en la vida que no existe.
     Era como si viviera no para vivir, sino para ya estar muerto. Ahora todo tiene otro ritmo, vivo fuera ya de la vida que no existe. A veces me detengo a mirar el curso de las nubes, miro todo con curiosidad flemática de diarista voluble y paseante casual: sé que hago reír, pero ando yo caliente. Y cuando escribo en casa, me acuerdo de los días en que era muy joven y en esa misma mesa de siempre comencé a escribir y para mí hacerlo era apartarme, detenerme, demorarme, deshacer, resistirme precisamente a esa carrera mortal, a esa frenética velocidad general en la que después acabé viéndome involucrado. 

domingo, 8 de marzo de 2015

La fiesta de la insignificancia



La fiesta de la insignificancia, última novela de Milan Kundera (República Checa, 1975), tiene como protagonistas a cuatro amigos –Alain, Charles, Ramón y Calibán–, amantes de las bromas y el sentido del humor. La visión de Kundera en este libro es, desde el principio, alegre y jovial, alejada de todo pathos trágico. El núcleo de la novela es la celebración de la ligereza en una época en la que, al parecer, ésta no tiene ya cabida: “La insignificancia, amigo mío, es la esencia de la existencia. Está con nosotros en todas partes y en todo momento. Está presente incluso cuando no se la quiere ver: en el horror, en las luchas sangrientas, en las peores desgracias. Se necesita con frecuencia mucho valor para reconocerla en condiciones tan dramáticas y para llamarla por su nombre. Pero no se trata tan sólo de reconocerla, hay que amar la insignificancia, hay que aprender a amarla. Aquí en este parte, ante nosotros, mira, amigo mío, está presente con toda su evidencia, toda su inocencia, toda su belleza. Sí, su belleza. […] Respira, D’Ardelo amigo mío, respira esta insignificancia que nos rodea, es la clave de la sabiduría, es la clave del buen humor” (p. 135).

martes, 3 de febrero de 2015

Libro del desasosiego


"Como todos los grandes enamorados, me gusta la delicia de la pérdida de mí mismo, en la que el gozo de la entrega se sufre completamente"